Ya fue. Sin necesidad de realizar un análisis etimológico de la frase, podemos decir rápidamente que hace referencia a un hecho que pasó, cuya fugacidad requiere de poco esfuerzo para abandonar las preocupaciones por su partida y a la vez, implica una especie de resignación por parte de aquél que la pronuncia ante un final inesperado.
La aparición de Tiempo Argentino, el diario comandado por Roberto Caballero –quien supo regalar columnas en la gacetilla de prensa con forma de diario del gobierno kirchnerista-, me dejó un sabor amargo, mezcla de todas esas cosas que implica decir “ya fue”.
Aunque, debo confesar que no esperaba más de lo que el diario es. ¿Y qué es Tiempo Argentino? Fútbol y Patria, parafraseando el conocido libro de un declarado intelectual peronista. En el corazón del diario y formando parte de la sección deportes, Eduardo Galeano, nos habla de fútbol: la selección uruguaya, Tévez, la ausencia de Riquelme y la estafa de la que fue víctima su amigo Cappa, cuando dirigía a Huracán. La Sole asegurando que su bebé será “bien argentino” y la actriz Florencia Peña descubriendo su amor patriótico en un “soy argentina y me encanta” que bien podría leerse como soy argentina y me la banco: a puro fútbol. Una página completa para la actriz revelación de Son de Diez, contando sus experiencias teatrales en Uruguay, de manera tal que hablar de Galeano y Mujica, se vuelva una obviedad. Los ataques setentistas al imperialismo yankee, la felicidad por el voto no negativo de Mujica para que Néstor Kirchner se convierta en el mandamás de Unasur y naturaleza obliga, como querellante del Fútbol para Todos, resumen el contenido de su intervención como cronista.
Por su parte, Víctor Hugo Morales, en una espléndida columna en Deportes sobre un final de campeonato, que a esta hora sabemos que quedó en manos de … parece una broma: Argentinos. Sin duda, uno de los pocos que esperaba para leer y que Caballero se encargó de vestir con el traje que lo vuelve más inofensivo: el del fútbol. Llega el mundial, conviene recordar el relato de Maradona a los ingleses en su voz inigualable, su trabajo en Competencias y los mundiales relatados por Continental. El pueblo quiere al Víctor Hugo futbolero.
Además, un primer número bien latino. Con Estados Unidos “en retirada” –le hicieron decir eso a Mujica entre tantas otras cosas interesantes que se pueden rescatar de la entrevista-, un Galeano omnipresente, y la reivindicación de Milagro Sala y los aborígenes a los que se les devolverán sus tierras; restaba condecorar a Ricardo Darín como el Robert De Niro “latino”. Sí, el actor protagonista de El secreto de sus ojos, ganadora de un Oscar a la mejor película extranjera en la última edición del tradicional premio al cine.
En resumen, un número digno para comenzar con los festejos por el Bicentenario, recordándonos también que faltan sólo unos días para el mundial de fútbol. Asimismo, para que no olvidemos la lucha por una América latina unida. El mismo Bernardo Stamateas se encarga de ello en la contratapa, invitándonos a alcanzar nuestros deseos, sin caer en la “depresión blanca”.
Por último, un guiño cómplice al gobierno: una clase media que sufre de estrés y depresión, el éxito de la Asignación Universal por Hijo y la presentación del libro de Verbitsky, edecán de los Kirchner en uno de sus medios proselitistas: Página 12. Si cayeron las ventas de este matutino, han encontrado otra manera de hablarnos.
Si la aparición de medios como Tiempo Argentino significa democratizar la información, defender la libertad de expresión y cumplir con las promesas de una ley de medios por el momento inaplicable; es mejor comenzar de nuevo. Es inútil denunciar entre líneas “la irrealidad que nos inunda a nosotros desde el monopolio mediático”. La buena onda de 6,7,8 y las noticias que “gracias al nuevo diario se pueden leer” forman parte de una retórica que extrema sus recursos para, no “mentir o deformar” la realidad, sino simplemente persuadir a quienes los eligen. Posiblemente esté yo realizando un ejercicio parecido en este momento, pero no es para mí cuestionable: digno es aceptar que es parte del juego.
Un día que amagaba con cumplir con el fallido pronóstico de lluvia para el sábado, fue testigo a puro sol, del nacimiento de Tiempo Argentino. Imposible que haya sido de otra forma: el día del Vermouth del Bicentenario, no podía ser menos que peronista.
domingo, 16 de mayo de 2010
sábado, 5 de septiembre de 2009
El espectáculo del debate
Una vez más la espectacularización del debate político en los medios priva de sentidos múltiples -a la vez que prefigura nuevas creencias- al objeto que desea abordar: en este caso, la Ley de Servicios Audiovisuales. Magnificar el objeto, hacerlo crecer tanto hasta que su sola presencia nos indique que estamos hablando de aquello que creemos que estamos hablando, es la práctica reiterada y el resultado de las contiendas mediáticas.
Los debates que han comenzado esta semana y que se prolongarán hasta que gane la escena otro objeto posiblemente tan espectacular como éste -mientras el escenario sigue allí, inmóvil- presentan al menos un rasgo distintivo, que los vuelve unívocos –los espectaculariza- y por ello intrascendentes. En otras palabras, los colma de algunos conceptos y definiciones pasadas de moda y otros que, a pesar de no ser nuevos, han adquirido la suficiente vigencia y legitimidad para no ser discutidos. Me refiero a la libertad de expresión y el derecho a la información.
Hablar de libertad de expresión, no sólo es anacrónico, sino que exige pensar, en primer lugar –y gracias a su vulgaridad mediática- en el derecho que protege a la prensa. Hacer lo propio con el derecho a la información crea la falsa ilusión de comprendernos a todos como ciudadanos activos (cuando en verdad nos volvemos cada vez más ciudadanos-consumidores), y supone inevitablemente borrar de la escena al derecho a comunicarnos. La Sociedad de la Información y el desarrollo de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación exigen redefinir las prácticas y la regulación en la materia.
El ingreso a la SI carece aún de un debate profundo que defina Políticas de Comunicación democráticas y derechos que protejan al individuo, del poder irreverente de las NTIC. El Derecho a la Comunicación, tal como se entiende aquí, implica la participación en el proceso comunicacional, del sujeto receptor de la información que circula en y por los medios. Esta concepción considera al sujeto de la Comunicación como un ser plenamente activo, productor; y no un simple consumidor de informaciones. Al acceder a la práctica, el individuo se vuelve participante. Ya no se trata de un sujeto-receptor pasivo como consumidor de información (convendría abandonar la idea de mercancía), sino de aquél que tiene además del derecho a recibir información -diversa y de calidad-, el de participar en la producción de esa información (evitar pensar este acto de producción como participación en juegos, concursos y llamados telefónicos).
Según lo expuesto, el derecho a la información y la libertad de expresión deberían ser nociones desechables enfrentadas a un derecho a la comunicación cuya aparición alcanzaría para echar por tierra los históricos esfuerzos llevados a cabo, en pos de una Comunicación más democrática. Todo lo contrario. Es menester hablar de un Derecho a la Comunicación que respete aquellos derechos previos, inacabados y fundantes de éste: derechos sobre los que creía fundarse la Democracia de la Comunicación; y que al verse amenazados en la práctica por la reconfiguración de la sociedad, debieron refugiarse en otro que los contenga y supere.
Sólo algunas voces presentan las posibilidades de la nueva ley en los términos que aquí se proponen. Pero las más -y sin importar a qué canal o partido pertenezcan- hacen referencia a una libertad de expresión que garantice la pluralidad de voces, que no serían más que aquellas que ya escuhamos. La disputa cansina entre el Grupo y el Gobierno, por la libertad de expresión, se ha transformado en el eje sobre el que giran insistentemente pobres argumentos a favor y en contra de la Ley.
Sin embargo, creo que es saludable buscar el problema en otra parte. No en los millones que pueda perder uno, ni las voces que pretenda callar el otro. Tampoco en cómo piensa el Gobierno financiar el 66% de los medios que quedarían fuera del alcance de los privados ni el impulso federal de la propuesta. Mucho menos en la supuesta adquisición por parte de los grupos multimediales -a través de sus fundaciones- o el mismo Estado, de las licencias reservadas para las ONG. El problema creo que es aún mayor y reside en el espectáculo decadente de la política de nuestro país. Convencidos de estar discutiendo una ley que eleve los niveles de democratización (y sus artículos), resultamos (una vez más) espectadores de lujo del enfrentamiento entre oficialismo y oposición, aunque disfrazado de comunicación (con letras bien minúsculas).
Debiera ser su clima festivo y no sus luces lo que desaparezca. El ruido para no aturdirnos y las luces para permitirnos visualizar el objeto y su polisemia. Porque lo que está en juego es el derecho a comunicarse: acceso a los medios, a la información, y derecho a participar. Se comete de lo contrario el grave error en el que creo están incurriendo las Políticas de la Comunicación (si puede decirse que existen tales políticas en la Argentina): adoptar la lógica de las Telecomunicaciones: ‘que se pueda decir’, sin importar ya qué se dice.
Los debates que han comenzado esta semana y que se prolongarán hasta que gane la escena otro objeto posiblemente tan espectacular como éste -mientras el escenario sigue allí, inmóvil- presentan al menos un rasgo distintivo, que los vuelve unívocos –los espectaculariza- y por ello intrascendentes. En otras palabras, los colma de algunos conceptos y definiciones pasadas de moda y otros que, a pesar de no ser nuevos, han adquirido la suficiente vigencia y legitimidad para no ser discutidos. Me refiero a la libertad de expresión y el derecho a la información.
Hablar de libertad de expresión, no sólo es anacrónico, sino que exige pensar, en primer lugar –y gracias a su vulgaridad mediática- en el derecho que protege a la prensa. Hacer lo propio con el derecho a la información crea la falsa ilusión de comprendernos a todos como ciudadanos activos (cuando en verdad nos volvemos cada vez más ciudadanos-consumidores), y supone inevitablemente borrar de la escena al derecho a comunicarnos. La Sociedad de la Información y el desarrollo de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación exigen redefinir las prácticas y la regulación en la materia.
El ingreso a la SI carece aún de un debate profundo que defina Políticas de Comunicación democráticas y derechos que protejan al individuo, del poder irreverente de las NTIC. El Derecho a la Comunicación, tal como se entiende aquí, implica la participación en el proceso comunicacional, del sujeto receptor de la información que circula en y por los medios. Esta concepción considera al sujeto de la Comunicación como un ser plenamente activo, productor; y no un simple consumidor de informaciones. Al acceder a la práctica, el individuo se vuelve participante. Ya no se trata de un sujeto-receptor pasivo como consumidor de información (convendría abandonar la idea de mercancía), sino de aquél que tiene además del derecho a recibir información -diversa y de calidad-, el de participar en la producción de esa información (evitar pensar este acto de producción como participación en juegos, concursos y llamados telefónicos).
Según lo expuesto, el derecho a la información y la libertad de expresión deberían ser nociones desechables enfrentadas a un derecho a la comunicación cuya aparición alcanzaría para echar por tierra los históricos esfuerzos llevados a cabo, en pos de una Comunicación más democrática. Todo lo contrario. Es menester hablar de un Derecho a la Comunicación que respete aquellos derechos previos, inacabados y fundantes de éste: derechos sobre los que creía fundarse la Democracia de la Comunicación; y que al verse amenazados en la práctica por la reconfiguración de la sociedad, debieron refugiarse en otro que los contenga y supere.
Sólo algunas voces presentan las posibilidades de la nueva ley en los términos que aquí se proponen. Pero las más -y sin importar a qué canal o partido pertenezcan- hacen referencia a una libertad de expresión que garantice la pluralidad de voces, que no serían más que aquellas que ya escuhamos. La disputa cansina entre el Grupo y el Gobierno, por la libertad de expresión, se ha transformado en el eje sobre el que giran insistentemente pobres argumentos a favor y en contra de la Ley.
Sin embargo, creo que es saludable buscar el problema en otra parte. No en los millones que pueda perder uno, ni las voces que pretenda callar el otro. Tampoco en cómo piensa el Gobierno financiar el 66% de los medios que quedarían fuera del alcance de los privados ni el impulso federal de la propuesta. Mucho menos en la supuesta adquisición por parte de los grupos multimediales -a través de sus fundaciones- o el mismo Estado, de las licencias reservadas para las ONG. El problema creo que es aún mayor y reside en el espectáculo decadente de la política de nuestro país. Convencidos de estar discutiendo una ley que eleve los niveles de democratización (y sus artículos), resultamos (una vez más) espectadores de lujo del enfrentamiento entre oficialismo y oposición, aunque disfrazado de comunicación (con letras bien minúsculas).
Debiera ser su clima festivo y no sus luces lo que desaparezca. El ruido para no aturdirnos y las luces para permitirnos visualizar el objeto y su polisemia. Porque lo que está en juego es el derecho a comunicarse: acceso a los medios, a la información, y derecho a participar. Se comete de lo contrario el grave error en el que creo están incurriendo las Políticas de la Comunicación (si puede decirse que existen tales políticas en la Argentina): adoptar la lógica de las Telecomunicaciones: ‘que se pueda decir’, sin importar ya qué se dice.
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